Mindfulness: los pensamientos no son los hechos.

La importancia de darse cuenta de que los pensamientos no son hechos, sólo son acontecimientos mentales y nosotros no somos nuestros pensamientos.

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Las personas que reciben una intervención cognitiva son personas cuyos pensamientos negativos les impiden separar los hechos, las situaciones, de las interpretaciones o pensamientos que tienen y ello les despierta emociones negativas. Una llamada de teléfono de una persona la podemos interpretar como “algo le interesa de mí” o “me necesita”. Después de una mala cara por parte de un compañero de trabajo podemos pensar que “está enfadado conmigo” o “debe tener problemas personales”.

Algunos terapeutas cognitivos trabajan e intentan cambiar esos pensamientos negativos por otros más realistas o adaptados a la realidad. Desde este enfoque no se pretenden cambiar, sino modificar la relación de la persona con los pensamientos, reconocer que los pensamientos son sólo pensamientos. Como diría Kabat-Zinn no se pretende cambiar el pensamiento, sino la relación con el mismo.

Los practicantes de Mindfulness encuentran útil la frase “los pensamientos no son los hechos”, otros recurren a metáforas como por ejemplo, ver entrar un pensamiento en un escenario vacío y salir por el otro extremo. Otros piensan en la mente como el cielo repleto de nubes que lo cruzan, unas más rápido que otras, más amenazadoras, más oscuras, pero todas se van. Otros piensan en un río al que van lanzando sus pensamientos según aparecen.

La metáfora del autobús, tomada de la Terapia de Aceptación y Compromiso (Hayes, et al, 1999), nos ilustra perfectamente que es lo que ocurre con los pensamientos:


En la vida vamos conduciendo un autobús por la carretera que lleva hacia nuestras metas y con el motor de nuestros valores. Llevamos unos pasajeros revoltosos, que son nuestros pensamientos, sentimientos y emociones.

Todos ellos son catastrofistas: “si sigues ese camino vas a sufrir mucho”, “te vas a estrellar”, “vas a tener un accidente”, “te vas a morir”, “te vas a volver loco”, “se van a reír de ti”. Se nos echan encima, nos aprietan en nuestro estómago, se suben a nuestros hombros, o nos agarran del cuello. Además, nos dicen implícita o explícitamente: “Tuerce ya”, “Haz lo que sea para evitarlo”, “No sigas el camino que tanto deseas porque va a ser un desastre”, “¡No lo hagas!”, “¡Para!”.

Tenemos varias alternativas de comportamiento en esa situación:

Hacerles caso y torcer, parar, o lo que digan. Pero no llegaremos nunca a donde queremos ir. Sabemos que, si les hacemos caso, tendremos un alivio inmediato, pero abandonaremos muchas cosas importantes en nuestra vida, lo que nos hará sufrir indeciblemente.

Establecer una lucha con el pensamiento:

a. Discutir y decirle que es mentira, que aquello no va a ocurrir. Estamos discutiendo con nuestra mente que es, al menos, tan lista como nosotros mismos, por lo que es imposible vencerla. La lucha y su resultado nos dejan exhaustos. Además, nos distraeremos de la carretera y podremos tener un accidente.

b. Echarlos del autobús para no escucharlos. De nuevo tendremos que parar para quitarlos de en medio o correremos el peligro de tener un accidente.

c. Luchar físicamente contra ellos, intentando quitárnoslos de encima para que las sensaciones que nos hacen sentir no dificulten nuestra conducción. Así, una vez más, nos pondremos en peligro.

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Aceptar, es decir, escuchar su amenaza, sentir cómo se agarran a nuestro cuerpo, sintiendo el miedo que nos produce lo que nos dicen,
sabiendo que es muy posible que lleven razón, y, pese a todo, no hacerles caso; no llevando a cabo las acciones que nos proponen para evitar la
catástrofe que nos predicen. Es decir, no torcer, arriesgarnos a encontrar el desastre que nos afirman que ocurrirá carretera adelante.


No podemos dejar de escucharles porque chillan mucho, y tampoco podemos quitárnoslos de encima, pero se trata de seguir conduciendo
por la carretera por la que queramos ir.

Si aprendemos a conducir en estas adversas condiciones, llegaremos a donde queremos y, quizás eventualmente, los pasajeros se cansen de darnos la lata, porque no consiguen nada, y se sienten tranquilos en el fondo del autobús, aunque de vez en cuando vuelvan a darnos la lata.

A veces, nuestros pasajeros nos ayudan y evitan que nos metamos en líos; pero otras nos llevan por mal camino y nos producen un sufrimiento mucho mayor que el que nos indican que quieren evitar. El criterio fundamental para saber si nos ayudan o por el contrario nos meten en líos es considerar si nos alejan de la dirección en la que queremos ir en la vida o nos retrasa indefinidamente seguirla; entonces es cuando nos producirán problemas psicológicos.

En ocasiones los pensamientos son tan dolorosos que llevar la atención hacia ellos parece muy difícil. Se pueden utilizar dos estrategias, la primera de ellas consiste en llevar la atención hacia el lugar del cuerpo en que el pensamiento está ejerciendo un impacto negativo y no tratar de eliminar esa sensación, más bien procurar reconocerla y respirar dentro de esa sensación. Otra posibilidad está en centrarse en los sentimientos que producen esos pensamientos, descubrir que estoy sintiendo ansiedad, preocupación, tensión, enfado, frustración, indecisión, confusión, etc. y permitirse tener esas sensaciones sin tratar de huir.

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